
En las caudalosas aguas turbulentas caribeñas, navega un buque pirata revolucionario, lo comanda un único capitán garfio con nombre de boxeador ex campeón mundial mexicano, llevando un pañuelo rojo ceñido a la cabeza, con parche rojo en el ojo izquierdo, y signos totalitarios en su florida lengua. De repente hay un motín abordo, un aguerrido tripulante con nombre de moneda local muy fuerte, miembro de la dirección de los Camarotes, gritando duro “Podemos”, renuente sonsaca a los seguidores del capitán, evidenciando que se ha producido un peligroso cisma en el casco del buque, e iniciado con gran vigor un movimiento interno de insubordinación, contra la idea del capitán, de imponer su voluntad de llevar el barco por un rumbo rígido y equivocado, que conduce a todos hacía un profundo remolino que los absorberá inevitablemente. Comenzó un motín a bordo, y el tiburón está aguardando bajo la quilla.
Comienzan a hacerse sentir más voces disidentes contra el intento del capitán garfio de constituir un solo rumbo, disolviendo a los disidentes. Se le rebelan en cambote sus camaradas, amotinándosele en el buque revolucionario que comanda cual capitán enfurecido, se estremece el mástil mayor, el timón está resbaladizo, soplan vientos borrascosos, el capitán pareciera estar perdiendo el control de parte de los tripulantes, marineros y pasajeros, pero tomará su sable y aplicará sin compasión su garfio para arrojar por la borda a quienes osen amotinársele. El rumbo único del barco va, “…porque ese barco es del Capitán único y no de ningún tripulante ni marinero, no se caigan a mentiras” les aseguró.
Los amotinados, le han hablado fuerte, a su único capitán: “No creemos en la tesis del rumbo único, dentro del barco todo, fuera del barco nada…” han dicho altivos los rebeldes tripulantes y marineros. Ahora si, podemos hablar de que el capitán garfio parche rojo, sufre un motín a bordo en su barco revolucionario, que le impedirán navegar en aguas calmadas, que se le tornarán turbulentas, y habrá náufragos. Lo que parecía al principio que sería un placentero crucero por las tibias y cálidas aguas del caribe, se ha convertido súbitamente en una terrorífica tormenta que se aproxima amenazante, arriesgando la estabilidad y seguridad del Buque pirata revolucionario.
El iracundo tripulante, probablemente sufrirá la misma suerte de su correligionario primer contramaestre el rebelde díscolo de nombre bíblico y con apellido de sargento amigo del zorro, a quien el capitán ya lo lanzó sin contemplaciones por la borda a los tiburones; pero el resto de la tripulación, los marineros y nerviosos pasajeros, ya comienzan a poner las barbas en remojo, mirando a su capitán de reojo, con desconfianza e incredulidad, durmiendo con un ojo abierto y otro cerrado, refunfuñando, padeciendo los excesos de conducta del errático y autocrático timonel.
Tal vez pronto escucharemos los alaridos de los desafortunados, que serán devorados sin compasión por los escualos, tronarán los huesos quebrados entre sus filosos dientes, las aguas se teñirán de rojo, veremos el desesperado chapoteo, oiremos inertes los gritos de auxilio; luego sobrevendrá un silencio sepulcral, pero el capitán empuñando el timón dirigirá el buque como mejor le parezca, sin atender las advertencias de sus contramaestres disidentes, ni admitir recomendaciones, y sin permitir que le toquen su timón.
Más tarde posiblemente, cuando la tempestad lo sorprenda desprevenido y azote las velas, estremezca el barco, y se bambolee hasta zozobrar, notará muy tarde que ha lanzado tantos hombres útiles a la triste suerte de ser engullidos por los devoradores tigres del mar, quienes le fueron incondicionales, que ya no tendrá gente capaz a quienes recurrir para que le sostengan las amarras, que lo mantuvieron estable por largo tiempo, tendría para entonces que conformarse con contemplar impotente su lamentable destino, y así probablemente hundirse junto a su nave, en su amargura, frustrado por su ceguera, y sordera, víctima de su nociva ambición de poder.
Finalmente, el capitán garfio también podría ser víctima de sus acuáticos socios asesinos inmisericordes, sus dentados colaboradores, esos cartilaginosos peces, que abundan, de varias especies en todas las aguas profundas; pero el más temido, seguramente el inefable y célebre “Carcharodon Carcharias”, que lo esperará hasta el final sin desfallecer jamás, estará aguardándole pacientemente hasta verlo hundirse entre las aguas, para caer entre sus mortales fauces, y así ser despedazado y engullido vivo, corroído por sus espeluznantes dientes, sin importar el tiempo que tenga que tardar asechándole.
Comienzan a hacerse sentir más voces disidentes contra el intento del capitán garfio de constituir un solo rumbo, disolviendo a los disidentes. Se le rebelan en cambote sus camaradas, amotinándosele en el buque revolucionario que comanda cual capitán enfurecido, se estremece el mástil mayor, el timón está resbaladizo, soplan vientos borrascosos, el capitán pareciera estar perdiendo el control de parte de los tripulantes, marineros y pasajeros, pero tomará su sable y aplicará sin compasión su garfio para arrojar por la borda a quienes osen amotinársele. El rumbo único del barco va, “…porque ese barco es del Capitán único y no de ningún tripulante ni marinero, no se caigan a mentiras” les aseguró.
Los amotinados, le han hablado fuerte, a su único capitán: “No creemos en la tesis del rumbo único, dentro del barco todo, fuera del barco nada…” han dicho altivos los rebeldes tripulantes y marineros. Ahora si, podemos hablar de que el capitán garfio parche rojo, sufre un motín a bordo en su barco revolucionario, que le impedirán navegar en aguas calmadas, que se le tornarán turbulentas, y habrá náufragos. Lo que parecía al principio que sería un placentero crucero por las tibias y cálidas aguas del caribe, se ha convertido súbitamente en una terrorífica tormenta que se aproxima amenazante, arriesgando la estabilidad y seguridad del Buque pirata revolucionario.
El iracundo tripulante, probablemente sufrirá la misma suerte de su correligionario primer contramaestre el rebelde díscolo de nombre bíblico y con apellido de sargento amigo del zorro, a quien el capitán ya lo lanzó sin contemplaciones por la borda a los tiburones; pero el resto de la tripulación, los marineros y nerviosos pasajeros, ya comienzan a poner las barbas en remojo, mirando a su capitán de reojo, con desconfianza e incredulidad, durmiendo con un ojo abierto y otro cerrado, refunfuñando, padeciendo los excesos de conducta del errático y autocrático timonel.
Tal vez pronto escucharemos los alaridos de los desafortunados, que serán devorados sin compasión por los escualos, tronarán los huesos quebrados entre sus filosos dientes, las aguas se teñirán de rojo, veremos el desesperado chapoteo, oiremos inertes los gritos de auxilio; luego sobrevendrá un silencio sepulcral, pero el capitán empuñando el timón dirigirá el buque como mejor le parezca, sin atender las advertencias de sus contramaestres disidentes, ni admitir recomendaciones, y sin permitir que le toquen su timón.
Más tarde posiblemente, cuando la tempestad lo sorprenda desprevenido y azote las velas, estremezca el barco, y se bambolee hasta zozobrar, notará muy tarde que ha lanzado tantos hombres útiles a la triste suerte de ser engullidos por los devoradores tigres del mar, quienes le fueron incondicionales, que ya no tendrá gente capaz a quienes recurrir para que le sostengan las amarras, que lo mantuvieron estable por largo tiempo, tendría para entonces que conformarse con contemplar impotente su lamentable destino, y así probablemente hundirse junto a su nave, en su amargura, frustrado por su ceguera, y sordera, víctima de su nociva ambición de poder.

Finalmente, el capitán garfio también podría ser víctima de sus acuáticos socios asesinos inmisericordes, sus dentados colaboradores, esos cartilaginosos peces, que abundan, de varias especies en todas las aguas profundas; pero el más temido, seguramente el inefable y célebre “Carcharodon Carcharias”, que lo esperará hasta el final sin desfallecer jamás, estará aguardándole pacientemente hasta verlo hundirse entre las aguas, para caer entre sus mortales fauces, y así ser despedazado y engullido vivo, corroído por sus espeluznantes dientes, sin importar el tiempo que tenga que tardar asechándole.







