martes, noviembre 18, 2014

"Los falsos dilemas de la Oposición venezolana"






 "El dilema entre calle o voto es, desde el hueso hasta la médula, falso.La calle precisa del voto y el voto de la calle". 

“Sin elecciones, la protesta popular está destinada a estrellarse con el aparato represivo del régimen. Pero sin un gran movimiento de protesta popular, las elecciones están destinadas a perderse”.

POR:FERNANDO MIRES.

Nadie ni nada lo oculta, la oposición venezolana está dividida. Aunque más difícil será saber los términos exactos de la división.

¿Está dividida en dos programas diferentes? Imposible, porque hasta ahora el único es el de la MUD, programa que hasta ahora nadie ha cuestionado, quizás porque casi nadie lo ha leído.

¿Está dividida en torno a dos o tres o más líderes? Si es así, sería ridículo puesto que los líderes se definen en primarias pre-presidenciales; y de eso estamos todavía muy lejos.

¿Está dividida gracias a “La Salida”? Quizás, pero “La Salida” terminó y hay que dar vuelta la página. Los temas de hoy son diferentes. El pasado pertenece a la historia, no a la política.

¿Está dividida entre constitucionalistas y parlamentaristas? El mismo López ha declarado que su llamado a reunir firmas para la –por ahora– irrealizable Asamblea Constituyente, no está planteado en contra de las elecciones parlamentarias. El Congreso Ciudadano de M. C. Machado tampoco ha levantado una plataforma anti-electoral ni ha pronunciado un sí o un no claro con respecto al ofrecimiento constitucionalista de López.

¿Está dividida entre electoralistas y abstencionistas? Es probable. Pero hasta ahora no se conoce una sola declaración de ningún opositor de relieve –dejemos a columnistas irresponsables a un lado– en contra de las elecciones parlamentarias. Ni M. C. Machado ni L. López se han pronunciado de modo explícito (repito, hasta ahora) en contra de la vía electoral y a favor de una vía insurreccional que no pase por elecciones.

Una versión intermedia a la que supuestamente se da entre electoralistas y abstencionistas surge entre quienes dicen aceptar las elecciones, pero solo como una entre diversas formas de lucha. Sin embargo, nunca nadie ha escuchado a Capriles o a Chúo Torrealba pronunciarse en contra de huelgas, bloqueos de caminos, demostraciones estudiantiles, rayados de paredes y “otras formas de lucha”. Todo lo contrario.

¿O esa división tiene lugar entre quienes se muestran abiertos al diálogo con el gobierno y quienes se cierran a todo tipo de diálogo? Por momentos pareciera que así es. No obstante, si tenemos en cuenta que los principales enemigos del diálogo están en el gobierno, el problema aparece resuelto por sí solo. Y aunque así no fuera, negarse al diálogo por principios, es negarse a hacer política. De ahí que la disyuntiva no debería ser diálogo sí o diálogo no, sino las condiciones, contenidos y objetivos de un eventual diálogo. Para poner un ejemplo, realizar un diálogo sin exigir la liberación de los presos políticos, solo llevaría a profundizar las divisiones internas en la oposición. Mas vale no intentarlo. Pero negar por principio todo diálogo si el gobierno da muestras de ceder en torno a ese o en otros puntos, sería una aberración.

No obstante, plantear un diálogo cuando se avecina un momento electoral, no parece ser algo muy inteligente. Ni en las democracias más perfectas las fuerzas contendientes dialogan durante un periodo pre-electoral. El verdadero diálogo político es siempre post-electoral. En un momento habrá que hacerlo. Pero ese momento al parecer no ha llegado.

En fin, sabemos que la oposición está dividida, pero nadie conoce muy bien los exactos términos de la división. De pronto se tiene la impresión de que lo que tiene lugar no es una división, sino una lucha cerrada por la hegemonía. A veces esa lucha se dirige en contra de la MUD. Pero como quienes la encabezan están dentro de la MUD, es posible concluir que, quienes están en contra de la MUD dentro de la MUD aspiran a controlar la MUD y, si eso no es posible, formar otra MUD, sea desde la MUD, sea desde fuera de la MUD. En fin, casi una locura

Lo que sí parece ser evidente es que ante la ausencia de perspectivas y ante la imposibilidad de encontrar una alternativa inmediata, algunos han optado por sustituir al enemigo principal por el enemigo secundario.

La conocida tesis de René Girard con respecto a esa arcaica tentación humana que lleva a la creación de chivos expiatorios –o sustitutivos– sobre los cuales depositamos agresiones contenidas, tendría en Venezuela un punto de comprobación. Pero la tesis de Girard es antropológica y ahora estamos hablando de política.

En términos políticos cabe esperar que la cercanía con respecto a las elecciones parlamentarias logrará distender algunos antagonismos internos. No olvidemos que hay una línea constante en (no solo) la política venezolana. Es la siguiente: Mientras más lejos se ven los eventos electorales, las diferencias internas tienden a proliferar. Al revés: mientras más cerca, la tendencia es a cerrar filas. En cierto modo las elecciones tienen un efecto político disciplinario. Muestran en toda su plenitud donde está el enemigo de verdad.

Naturalmente, frente a un régimen que controla todos los poderes, la televisión, casi toda la prensa, el aparato represivo, los para-militares, los tribunales electorales y que, por si fuera poco, comete fraudes en los centros de votación, hay grupos que opinan que la batalla está perdida de antemano y que solo una movilización general en las calles puede cuestionar al gobierno en su “esencia dictatorial”. Desde el punto de vista de una lógica puramente formal no faltan argumentos a favor de ese postulado. ¿Para qué gastar esfuerzos en una lucha electoral destinada al fracaso?

No insistiremos esta vez en decir verdades elementales. No diremos que una batalla no se pierde o gana hasta que se da. No diremos que uno vota no porque va a ganar sino porque es un deber ciudadano. No diremos que uno no vota a favor o en contra de alguien sino a favor o en contra de sí mismo. No diremos lo evidente, que mientras más gente vota, más difícil será hacer un gran fraude. No diremos eso ni muchas otras cosas más. Vamos a suponer, por el contrario  y por un momento, que los derrotistas, abstencionistas y salidistas, tienen toda la razón del mundo (evidentemente, no creo eso). ¿Es ese un motivo para rechazar la alternativa electoral? De ninguna manera. Las elecciones no son solo un medio para alcanzar el poder. Son también un fin en sí.

¿Las elecciones son un fin en sí? ¿No es acaso el objetivo de cada elección derrotar al enemigo? Por supuesto, nadie va a una elección para perder. Pero al mismo tiempo, en cada elección, aún perdiendo, pueden ser obtenidas ganancias. Entre otras, la tan ansiada movilización en las calles. Basta solo hacerse una sencilla pregunta: ¿Cuándo las movilizaciones callejeras son más masivas, más entusiastas, más combativas? ¿En periodos electorales o en periodos no electorales? La respuesta es obvia. Cada elección, sobre todo cuando se da entre dos fuerzas antagónicas, es una posibilidad para que la gente –no solo los muchachos– salga de sus casas, discuta entre sí y entre en abierta comunicación política con el entorno.

¿Y si esa oposición está dividida como cree estar la venezolana? Con mayor razón todavía. Los momentos previos a la elección son una oportunidad fabulosa para que las diversas fracciones que conforman un bloque discutan públicamente sus diferencias. No olvidemos en ese punto que el nombramiento de algunos candidatos deberá ser resultado de elecciones primarias. Por lo mismo, a través de la contienda de esos candidatos primarios la oposición se verá obligada a discutir consigo misma. Cuando los candidatos sean nombrados no desaparecerán por cierto las diferencias, pero sí, podrán ser mantenidas a un nivel político.

La MUD, no hay que olvidarlo, no es un partido ni mucho menos una asociación de amigos personales. La MUD es un frente constituido por la alianza de diferentes partidos algunos de los cuales, en una democracia de verdad, serían adversarios. Solo porque hoy todos tienen al frente a una adversidad superior están obligados a permanecer unidos.

Luego, las elecciones primarias –hay que subrayarlo– no son secundarias. Mucho menos lo son dentro de una oposición plural como es la venezolana. Pues a través de las primarias la oposición puede conocer lo que antes de ellas era un misterio: su correlación interna de fuerzas, es decir, su verdadero carácter. Es por eso que aquí se afirma que las primarias no son solo un medio, son también un fin en sí.

Las primarias también son elecciones. En consecuencia, si lo vemos desde ese punto de vista, las primarias –en momentos de no unidad– pueden llegar a ser más decisivas que las propias parlamentarias. Aunque, obvio, sin parlamentarias no puede haber primarias.

La celebración de primarias permite a la oposición pensarse a sí misma. De este modo las diferencias pueden ser dirimidas mucho mejor que en oscuros contertulios. A través de la lucha en primarias, la oposición se abre hacia el “espacio luminoso de lo público” (Arendt). O dicho casi igual: es el momento en el cual las conspiraciones se transforman en discusiones.

Con las primarias a su favor los candidatos entran a la palestra pública fortalecidos con esa legitimidad que solo los votos internos otorgan, a combatir en contra del enemigo exterior, el principal. Por lo mismo, no hay mejor chance para conquistar la mayoría externa si ya se cuenta con la mayoría interna. Y esa es precisamente una segunda razón que hace de cada proceso electoral no solo un medio sino también un fin en sí: Cada elección es una escuela para la formación de líderes políticos.

Los líderes políticos no se prueban en gestos apoteósicos sino en la capacidad de comunicar mensajes públicos. Ellos, a través de sus campañas, serán los encargados de dar forma política al malestar generalizado y desmitificar el discurso oficialista en cada pueblo y ciudad donde se presenten. Ellos deberán demostrar que ni la carestía ni la escasez son maldiciones del imperio, sino productos netos de un gobierno que tiene como lugar de residencia un pasado mágico que nunca existió y como objetivo un futuro luminoso que nunca llegará. Ellos deberán exigir la liberación de todos los presos políticos, la supresión de los grupos para-militares, el cumplimiento de los derechos humanos. Ellos, en fin, serán quienes deberán convertir a las elecciones en una fuerza social subversiva, pero sin que dejen de ser elecciones.

El dilema entre calle o voto es, desde el hueso hasta la médula, falso. La calle precisa del voto y el voto de la calle. ¿Habrá entonces que repetir la frase?: “Sin elecciones, la protesta popular está destinada a estrellarse con el aparato represivo del régimen. Pero sin un gran movimiento de protesta popular, las elecciones están destinadas a perderse”.

 Fuente:http://prodavinci.com/blogs/los-falsos-dilemas-de-la-oposicion-venezolana-por-fernando-mires/

lunes, noviembre 17, 2014

"México malo, México bueno"



POR:MOISÉS NAÍM.

Pasó hace más de 20 años. Y está volviendo a pasar. Un joven presidente mexicano sorprende al mundo y, sobre todo, a su país. Propone reformas inéditas que chocan con la ideología de su propio partido, el PRI, y amenazan los intereses de poderosos empresarios, sindicalistas y políticos. Las reformas son aplaudidas por comentaristas internacionales: si se ponen en marcha, dicen, contribuirán a hacer de México un país más próspero, más justo y menos corrupto. Pero muchos mexicanos ven las reformas con desconfianza. Creen que son otra jugada de las élites para obtener aún más privilegios. Otros opinan que los cambios impulsados por el presidente tendrán efectos devastadores en la economía y la sociedad. La izquierda y los nacionalistas consideran las reformas económicas como una entrega al imperialismo yanqui. Y muchos empresarios se oponen a los cambios que atentan contra sus lucrativos monopolios.

Hace 20 años, el entonces presidente Carlos Salinas de Gortari derrotó a los opositores dentro y fuera de su partido y llevó adelante ambiciosas reformas económicas. También firmó el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, el famoso TLC. Si bien aún tiene críticos, el TLC ha sido muy positivo. Obviamente, no ha sido la panacea para los problemas de pobreza, desigualdad y mediocre crecimiento económico que afligen a México, pero el comercio internacional se ha duplicado, y la inversión extranjera se ha triplicado.

Sin embargo, quizás lo que más afectó a México hace dos décadas, y que hoy está volviendo a pasar, es que las reformas que el país necesita desesperadamente se ven diluidas o descarriladas por el México malo. Este es el México asesino y criminal, corrupto y abusador, injusto y bárbaro, donde reina la impunidad y el imperio de la ley solo existe para quienes pueden pagarlo.

El TLC entró en vigor en 1994 y ese año estalló una rebelión armada en Chiapas, fueron asesinados tanto el candidato presidencial del PRI como el secretario general del partido y la economía colapsó. Vapuleado por sus correligionarios y la opinión pública, el presidente Salinas se autoexilió, mientras su hermano Raúl, acusado de asesinato, fue encarcelado.

Los escándalos generan un ambiente tan tóxico como el de los peores momentos del Gobierno de Salinas
La mezcla de la mala situación económica con la avalancha de escándalos de corrupción envenenó el clima político y truncó reformas. Nadie cree a nadie; nadie confía en nadie. Y el México malo se beneficia.

Dos décadas después, la historia se repite con inusitada precisión. Enrique Peña Nieto deja perplejos a los mexicanos y al mundo con las sorprendentes reformas que impulsa. Sube los impuestos (México es el país de la OCDE que menos recauda), promueve una ley antimonopolio más severa, obliga a que haya más competencia en televisión y telecomunicaciones y permite la entrada de empresas extranjeras de petróleo y energía. También se propone adecentar Pemex, la corrupta petrolera estatal. Sacude el desastroso sistema educativo, al obligar a los maestros a someterse a evaluaciones y al posibilitar su despido si no cumplen con los requisitos. Peña Nieto ha declarado la guerra a muchos y muy variados intereses. Encarceló a Elba Ester Gordillo, la hasta ahora intocable líder del sindicato de maestros, acusándola de malversación y crimen organizado; afectó los intereses, hasta ahora también intocables, del hombre más rico del mundo, Carlos Slim, así como los de Televisa, el gigantesco conglomerado mediático. Y más.

En cualquier otro país la gente estaría aplaudiendo a un presidente que intenta hacer todo esto. No en México. Los mexicanos no creen que su presidente esté haciendo esto por el bien del país. De nuevo, piensan que las reformas solo beneficiarán a los políticos y a los ricos.

Y algunos hechos recientes parecen confirmar sus peores sospechas. La masacre de Iguala saca a la luz la confabulación del Gobierno local con los narcotraficantes.

La fastuosa mansión privada de la pareja presidencial fue comprada con la ayuda poco transparente de empresas que se beneficiaron de contratos cuando Peña Nieto era gobernador. Y el Gobierno se ve obligado a anular un contrato de 4.800 millones de dólares para un tren de alta velocidad, al destaparse que la compañía china adjudicataria estaba asociada con otras mexicanas vinculadas al PRI.

¿Volverán la corrupción y la criminalidad a hacer naufragar las reformas que México necesita? ¿Podrá el México bueno crear los anticuerpos que neutralicen al México malo? Estos son los momentos en que un presidente puede transformarse en un líder histórico. Hay un México bueno, que es mayoría, y que exige que el México malo sea enfrentado de forma implacable, y derrotado. Pulverizado. Está buscando quien lo haga.

¿Podrá Enrique Peña Nieto convertirse en el líder del México bueno?

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Fuente: http://internacional.elpais.com/internacional/2014/11/15/actualidad/1416087897_392905.html

sábado, noviembre 15, 2014

"El rumbo que necesita México".


"Peña Nieto, gran táctico, necesita una estrategia para el futuro del país"

POR:JORGE CASTAÑEDA.

México no pasa por el momento de mayor violencia en tiempos recientes, pero sí por acontecimientos que han despertado una indignación y consciencia insólitas tanto dentro como fuera del país. Las decenas de miles de muertes y desapariciones del Gobierno anterior de Felipe Calderón fueron peores que las cifras de ahora; masacres como la de 72 hondureños en San Fernando, Tamaulipas, en el norte del país, rebasan el horror de los 22 ejecutados por soldados hace tres meses a cien kilómetros de Ciudad de México; la complicidad de las policías municipales y estatales con el hampa en la ciudad de Iguala, también cercana a la capital del país, no sorprende frente a casos anteriores como los de Ciudad Juárez, Torreón o Tijuana. Pero nada ha suscitado una reacción tan vehemente y duradera como las ejecuciones de Tlatlaya y los desaparecidos de Ayotzinapa en todos los ámbitos de la sociedad mexicana. Si a ello sumamos los nuevos episodios de cinco ejecuciones extrajudiciales por militares en Luvianos y tres jóvenes norteamericanos asesinados en Matamoros, a escasa distancia de la frontera con EE UU, se comprende por qué no es exagerado decir que el Gobierno de Enrique Peña Nieto pasa por su peor secuencia de desgracias. Se encuentra pasmado y desprovisto de buenas salidas en el corto plazo.

Para entender como perdió la brújula un régimen que parecía dominar la agenda política del país, que logró la aprobación legislativa —no siempre concretada aún— de importantes reformas estructurales, y que se había caracterizado por una homogeneidad eficiente, es necesario volver a la elección presidencial de 2012. Peña Nieto fue elegido con el 38,21% de los votos, sin mayoría en ninguna de las dos Cámaras, y con un jefe de Gobierno del Distrito Federal, el segundo cargo electoral del país, en manos de la oposición. No eran las condiciones que esperaba, ni las necesarias para consumar un ambicioso programa de reformas. De ahí la necesidad de negociar el llamado Pacto por México: gracias a sus 95 puntos, “movería a México”, “transformaría al país” y “se crecería al 5%”. El Pacto ha sido un ejercicio importante para México, pero como toda acción política, tiene un precio. La idea de que incluso avances parciales carecen de costes pertenece a la imaginación de ignorantes o tontos.

Nada ha suscitado una reacción tan vehemente como los desaparecidos de Ayotzinapa

Uno de los costes escondidos del Pacto por México y de las reformas aprobadas fue el borrón y cuenta nueva otorgado al sexenio anterior. Sin el apoyo de los senadores afines al expresidente Felipe Calderón, no habría pasado la reforma energética, por ejemplo. Por tanto, los 70.000 muertos de Calderón, y sus 25.000 desaparecidos, no serán investigados, ni castigados sus responsables. No eran todos delincuentes: no alcanzan los narcos y sicarios para matar a tantos narcos y sicarios. El índice de letalidad es la diferencia entre los muertos de un lado del enfrentamiento y los del otro. Cuando todos los muertos pertenecen al bando de los malos, y en el bando de los buenos no hay muertos y pocos heridos, algo está mal: se suele tratar de “ejecuciones extrajudiciales”. Las cuentas no salen sin incluir esa figura en la atribución de responsabilidades. El Gobierno de Peña Nieto decidió no investigar a los responsables de esas ejecuciones; ni siquiera se propuso saber cuántos desaparecidos son, reduciendo el presupuesto de la unidad de investigación de la Procuraduría. Esa postura, además de ser moralmente cuestionable, tiene consecuencias; Peña Nieto compró un conflicto que no era suyo.

Hace tres meses, en un pequeño municipio del sur del Estado de México murieron 22 personas en un enfrentamiento a balazos con el Ejército. Los 22 formaban parte de un grupo de supuestos delincuentes; del lado militar eran sólo siete efectivos, de los cuales uno recibió una herida en una pierna. Durante tres meses, las autoridades civiles y militares encubrieron la masacre; finalmente el propio Gobierno federal reconoció que la tropa era responsable y ha comenzado a juzgar a varios soldados.

Pero uno se pregunta: la impunidad de decenas, si no centenares de casos semejantes durante la Administración anterior, ¿acaso no fue un incentivo para seguir por ese camino? La ejecución de cinco civiles a manos de militares a finales de octubre, a pocos kilómetros de Tlatlaya, en condiciones análogas, ¿acaso no se debe en parte al mismo ejemplo de impunidad? Una explicación adicional ha sido el dilema de la estrategia de seguridad. Después de la hecatombe de Calderón, era indispensable cambiar de registro y hacer como si el problema de la violencia se encontrara en vías de resolución a través de una nueva estrategia —la cooperación entre niveles de Gobierno—, de un cambio discursivo —de la guerra a la promoción de la economía— y de instrumentos; más inteligencia y una nueva y por desgracia minúscula Gendarmería. Además del equivalente político del principio de incertidumbre de Heisenberg: si la gente creía que disminuía la violencia, a lo mejor efectivamente disminuiría.

Peña Nieto, al igual que sus tres predecesores, se negó a optar entre dos vías incómodas e incompatibles. O bien México transforma por completo su estructura fiscal, de suerte que los municipios y Estados, que hoy no recaudan prácticamente nada, obtienen recursos fiscales propios para pagar policías servibles a la ciudadanía, no para el crimen organizado; o bien se abandona la absurda tesis de un esquema policial federalista, copiado a Estados Unidos, y se le sustituye por una policía nacional única, como en Chile, Brasil o Canadá, entre otros. Seguir ambos caminos equivale a no seguir ninguno, y por ende a involucrar al Ejército. Lo cual lleva, directa o indirectamente, a los sangrientos resultados conocidos.

Uno de los costes del Pacto por México fue el borrón y cuenta nueva otorgado al sexenio anterior

El asesinato de seis personas y la desaparición de 43 alumnos de una escuela normal del Estado de Guerrero hace un mes constituye un parteaguas en la guerra mexicana contra el narco, y del régimen de Peña Nieto, al cumplirse sus primeros dos años. El Gobierno federal no provocó ni permitió la catástrofe, pero tampoco supo, o informó, del verdadero estado de cosas en esa entidad, o en otras. La guerra fracasó hace tiempo; el esquema de gobierno del presidente no, pero podría naufragar si no toma precauciones. Algunos factores —el letargo de la economía mexicana, cuyo crecimiento promedio en estos dos años difícilmente superará el 1,5%; el desplome de los precios del petróleo, que financia el tercio del presupuesto; la debilidad del Gobierno de Washington, siempre decisivo para muchos temas mexicanos— escapan a su control. Otros no, tanto en el ámbito de seguridad como en el de educación, de política exterior, de cambios institucionales, de informarle al país en qué estado lo recibió, y de activación de una sociedad civil más despierta, pero aún pasiva en comparación con otras.

Da la impresión que con algunos cambios cosméticos en ciertos casos, y de indiferencia discreta en otros, Peña Nieto esperaba que la nueva marcha de la economía, detonada por las reformas, por sí sola resolvería todo. No ha sucedido. Más aún, se siente que Peña Nieto, un gran táctico, rodeado de buenos operadores y técnicos, carece de visión estratégica —cómo se acomodan las piezas del rompecabezas que sí entiende— y de una idea más sofisticada del país que había y el que desea entregar. Hasta ahora, pudo prescindir de la idea y de la estrategia. Parece que ya no.

Jorge G. Castañeda es analista político y miembro de la Academia de las Ciencias y las Artes de EE UU.

jueves, noviembre 13, 2014

"El petróleo baja de los 80 dólares por primera vez en cuatro años"



"La resistencia de la OPEP a reducir la producción lleva el barril de Brent a los 79,84 dólares"
Madrid 13 NOV 2014 -

El precio del petróleo Brent, la referencia en Europa, se ha situado esta mañana por debajo de los 80 dólares -en 79,84 dólares- por primera vez en cuatro años, lo que supone romper otra resistencia a la baja dentro de la tendencia a la baja de arrastra el crudo en los últimos meses. Hace tan solo seis meses, el precio del barril se situaba en los 115 dólares.

El desplome del oro negro se mantiene en tanto que la OPEP, la organización de países exportadores de petróleo, se resiste a recortar la producción, lo que empujaría los precios al alza.

 La bajada de hoy, que deja el barril en el menor coste desde septiembre de 2010, se produce en un contexto de riesgos geoestratégicos, que suelen disparar el crudo, pero la subida de la producción de EE UU a través del fracking, que es la técnica de fractura hidráulica para extraer gas y petróleo del subsuelo, ha alterado esta relación.

La OPEP se reunirá para analizar las próximas acciones el 27 de noviembre en Viena. Venezuela, Libia y Ecuador han pedido medidas con el fin de evitar más caídas. "Parece haber una divergencia de opiniones, hay quien apunta a que los saudíes acordarán una reducción de la producción, pero yo diría que las cosas no van en esa dirección", ha apuntado a Bloomerg Michael McCarthy, estratega de CMC Markets en Sidney.

Aun así, la Agencia Internacional de la Energía (AIE) advirtió ayer de que la oferta de petróleo escaseará en el futuro pese al boom estadounidense y la demanda en el año 2040 será un 15% más elevada que en 2013. En concreto, la AIE calcula que será necesaria una inversión de 721.500 millones de euros al año para aumentar la producción y satisfacer la demanda de petróleo y gas de 2040. Este desembolso, a su juicio, es improbable.

Fuente: http://economia.elpais.com/economia/2014/11/13/actualidad/1415869346_473950.html

miércoles, noviembre 12, 2014

"Vienen las vacas flacas. ¿Y ahora?"



POR:CIPRIANO HEREDIA.

Sin entrar en el debate que tiene lugar entre algunos analistas y expertos petroleros, quienes hablan incluso de “jugadas de laboratorio” para desinflar las energías alternativas al crudo convencional (cuyo desarrollo encuentra incentivos cuando los precios de este último se inflan demasiado), o de “guerra de precios” entre USA y Arabia Saudita, lo cierto es que tanto razones de oferta como de demanda mundial, han provocado una pronunciada caída del precio internacional del petróleo de un promedio de poco más de $100/b, a poco menos de $75/b en los últimos 4 meses, lo cual significa una disminución de un 25%.

En efecto, un aumento de la oferta por un lado, que se debe tanto a la creciente autosuficiencia de los Estados Unidos (país cuya producción ha pasado de 5 millones de b/d a 9 millones desde 2008 hasta el presente), como al repunte de Libia, Irak y Nigeria como proveedores; así como un estancamiento de la demanda por el otro, debido a la desaceleración del crecimiento de China, India y Brasil como economías emergentes, han operado como causas inmediatas de este sensible declive.

Este hecho tiene obviamente un efecto demoledor en las economías petroleras, muy especialmente en aquellas como la nuestra que, obnubilada por el resplandor del barril a 100 dólares, sólo gozó la fiesta y bebió hasta más no poder, sin prepararse jamás para la resaca de la contracción de los precios, en un mercado cuyos ciclos son harto conocidos. Pero no sólo la falta de previsión traducida en ausencia de ahorros nos hará sentir como a nadie los duros efectos de esta caída, sino que además el bajón nos agarra en medio del proceso inflacionario más severo del planeta, la escasez más pronunciada de nuestra historia contemporánea y la más acentuada dependencia del petróleo como rubro de exportación y, en consecuencia, como fuente de divisas.

Todo lo anterior presagia que 2015 será aún peor que 2014 en materia económica y social. El gobierno pudo asumir algunas rectificaciones este año no electoral y no lo hizo, por lo que difícilmente lo hará el próximo año, cuando afronta el reto de las elecciones parlamentarias con todas las encuestas en contra de manera contundente, por lo que su control institucional y los trucos de “ingeniería electoral” podrían no serle suficientes esta vez para neutralizar a la mayoría opositora. Por lo tanto, lo previsible es que intente mantener irresponsablemente su nivel de gasto público a pesar del bajón de sus ingresos, apelando así a más devaluación, más emisión de dinero sin respaldo y más endeudamiento para tratar de cubrir el enorme déficit que ha generado, todo lo cual se traducirá a su vez en más inflación, más escasez y más pobreza.

En este sentido, una reconocida firma internacional afirmaba hace poco que para sostener su ritmo de gasto actual, al gobierno de Venezuela le era insuficiente incluso el barril a 100 dólares como estaba, y que necesitaba al menos $110/b. Otros economistas opinan que necesitamos entre 117 y 125 $/b, y algunos analistas hablan hasta de $160/b. Sea cual sea la cuenta correcta, la realidad es que nuestro petróleo ya va rozando en bajada los $70/b, por lo que el hueco que tenemos es brutal. Frente a ello, tampoco es posible pensar en cubrir la caída del precio con mayor producción, por cuanto PDVSA produce hoy día 500 mil barriles diarios menos que hace 12 años, tiene una deuda que representa más del doble de nuestras reservas internacionales y hasta importa gasolina y crudo liviano ante la merma de su capacidad y deterioro gerencial.

La política económica del gobierno nos hunde de manera inmisericorde en la crisis. Sólo un golpe de timón orientado a la disciplina fiscal y el aumento de la productividad con estímulo al sector privado puede salvarnos del colapso total, pero eso es imposible bajo este régimen. El cambio político es una precondición del cambio de rumbo económico.

Diputado al Consejo Legislativo de Miranda y profesor de la UCV
 

@CiprianoHeredia

Fuente:http://www.noticierodigital.com/2014/11/vienen-las-vacas-flacas-y-ahora/

domingo, noviembre 09, 2014

"Diagnosticando a Obama"



 "El presidente de EE UU ha logrado poner de acuerdo a demócratas y republicanos, aunque solo en la crítica"

 "¿Qué le pasó a Obama? ¿Cómo puede ser que un líder que llegó a la presidencia generando tantas esperanzas y con tanto apoyo dentro y fuera de su país, tenga hoy una imagen tan mala?"

POR.MOISÉS NAIM.

En Estados Unidos los consensos políticos están en peligro de extinción. No hay acuerdos sobre casi nada. Excepto una cosa: la culpa es de Barack Obama. El presidente es percibido como el responsable de la mala situación económica, de la agudización de la desigualdad económica, o de que los Vladímir Putin y los Bachar el Asad del mundo estén envalentonados, ya que han descubierto que pueden hacer casi lo que sea sin que EE UU les dé una lección que les enseñe a ellos y al resto del planeta que con una superpotencia no se juega.

La lista de culpas que se le achacan a Obama es larga y diversa. Obama ha logrado incluso algo que parecía imposible: que demócratas y republicanos estén de acuerdo. Ambos bandos piensan que él es responsable de los resultados de las recientes elecciones legislativas de mitad de mandato. Los republicanos obtuvieron una victoria que no se veía desde 1931. Algunos líderes del Partido Demócrata y muchos de los candidatos derrotados en estos comicios han dicho públicamente que la Casa Blanca tiene mucha culpa de la paliza electoral que recibieron. Los republicanos no pueden estar más de acuerdo.

¿Qué le pasó a Obama? ¿Cómo puede ser que un líder que llegó a la presidencia generando tantas esperanzas y con tanto apoyo dentro y fuera de su país, tenga hoy una imagen tan mala?

Según encuestas hechas a la salida de los centros electorales, el 60% de quienes votaron esta semana en EE UU albergan sentimientos negativos hacia su Gobierno. Las razones que se ofrecen para explicar por qué Barack Obama no ha tenido el desempeño que se esperaba de él son tan variadas como las críticas que se hacen a su gestión.

Las explicaciones de las fallas y limitaciones de Obama más comúnmente ofrecidas por críticos y comentaristas se pueden agrupar en cuatro categorías.

Inexperiencia. “Su meteórica carrera no le dio oportunidad para prepararse para la presidencia. Obama pasó de joven líder comunitario en los barrios pobres de Chicago a la política local y de allí rápidamente al Senado de EE UU para, solo tres años después, ser candidato a la presidencia y llegar a la Casa Blanca”. Sus críticos lo acusan de ser mal político, de no saber cómo crear alianzas y lograr los necesarios compromisos con sus opositores. También lo acusan de ser mal gerente y manejar la presidencia de una manera perniciosamente centralizada.

Personalidad. “Obama es un intelectual, un introvertido, tiene un temperamento distante que le hace difícil conectarse eficazmente con sus colaboradores, con los políticos de su partido u otros líderes internacionales con los que debe trabajar y mucho menos con sus opositores, a quienes desdeña”. Una versión extrema de esta crítica es que Obama sufre de problemas psicológicos que lo desmotivan y minan su efectividad.

Ideología. El presidente es un ideólogo empeñado en imponerle al país una agenda que choca con las preferencias de la mayoría de la población. Obama es estatista, aislacionista y dispendioso. Prefiere al sector público más que al privado y sus políticas tienden a agrandar el tamaño del Estado. Sus ambiciones internacionales son tímidas, reticentes. Obama siente que sus Fuerzas Armadas solo deben intervenir en los conflictos internacionales que afectan directamente a los intereses de EE UU. Además, dicen sus críticos, “el gasto público se ha disparado bajo su presidencia”.

Antiamericanismo. “Barack Obama realmente nació en Kenia, es secretamente musulmán y su ascenso a la Casa Blanca forma parte de una exitosa conspiración de los enemigos de EE UU para debilitar al país”. Esta variante de las críticas al presidente puede parecer extravagante, exagerada y hasta delirante. Sin embargo, es sorprendente cómo aún sigue fuertemente arraigada en los círculos más extremos de la oposición, en muchos casos muy cargada de velados —o no tan velados— tintes racistas. Desde esta perspectiva, los presuntos errores, defectos, omisiones o limitaciones de la gestión de Obama en la Casa Blanca son deliberados.

Yo no comparto ninguna de estas críticas. Si bien es obvio que el presidente Obama y su equipo han cometido errores, sostengo que muchas de las críticas honestas (las que no obedecen a intereses partidistas, económicos, ideológicos o a reacciones irracionales) se basan en suposiciones que exageran el poder que tiene el presidente de Estados Unidos hoy en día, quienquiera que sea. Creo que hay sobradas evidencias de que actualmente Washington tiene más restricciones que nunca para moldear la realidad dentro y fuera de sus fronteras. También creo que algo parecido les pasa a todos los demás Gobiernos del mundo. El problema no es Obama.

Twitter @moisesnaim

 Fuente:http://internacional.elpais.com/internacional/2014/11/08/actualidad/1415480007_511197.html