
¿Hasta dónde llegará? Chávez se adentra otra vez en un peligroso territorio. El de la amenaza, la violencia y el miedo. Su propósito es inhibir a sus enemigos y envalentonar a los propios. El debate gira en torno a si considerar sus dichos como las pachotadas de costumbre, al final de las cuales termina tascando el freno; o si, por el contrario, de verdad se propone desconocer la voluntad popular si ésta le es desfavorable en los estados y municipios más populosos del país. Como la palabra no es inocente, el atrabiliario que la profiere ha contribuido a crear una situación dilemática, en la cual si obtuviera una victoria -por las buenas o las malas- lo que seguiría es su eternización en el poder; pero si la derrota lo visitara, entonces la septicemia que recorre la cosa bolivariana estallaría en erupciones purulentas y los propios chavistas demandarían la transición pacífica a la democracia. Varios de los de arriba ya comprenden que Chávez se ha vuelto inviable.

Las elecciones, en unos casos para abstenerse y en otros para votar, pueden ser pruebas de la fuerza popular. En el caso venezolano y bajo el actual régimen esas votaciones no han impedido los objetivos del régimen, sea porque no se ha sabido, sea porque no se ha podido, pero han sido -en su momento- poderosas expresiones de movilización popular.

En las elecciones próximas hay entendimiento sobre la conveniencia de votar y de hacerlo masivamente, sin que el vozarrón del poder, ni los inconvenientes del dificultoso acto electoral, justifiquen la abstención. Aquí se va a resolver una contradicción muy seria, revelada por las mismas encuestas a las que apelan los candidatos: mientras los ciudadanos tienen en muy baja estima a todos los partidos políticos, incluidos con largueza los de la oposición, de todos modos van a votar por los candidatos promovidos por éstos. Este gesto revela una comprensión profunda de lo que está en juego. Se trata del único camino a la mano para infligirle una derrota fulminante al gobierno en algunos de los territorios que ha dominado, sea porque haya tenido mayoría o porque se haya valido del fraude.

Sin embargo, la explicación más plausible es la comprensión por parte de Chávez de que su proyecto se acaba si la mayor parte del país vota, otra vez, contra él. Sería un presidente sometido a despido indirecto, obligado a tener a gobernadores y alcaldes como interlocutores. La revolución bolivariana, muerta desde hace rato, se convertiría en un mero trasto verbal. El hombre que iba a encabezar la revolución mundial podría aparecer siendo un melancólico residente de Miraflores, tan desorientado como los fantasmas que entran "a Palacio" en la madrugada. Chávez, finalmente, se habría convertido en un chiste de los caribes que viven en estas comarcas. Tal resultado es inaceptable para la élite que controla el poder, de allí que intente, mediante la intimidación, cambiar voluntades o hacer crecer la abstención. Es lo que explica que obligue a fiscales y contralores, rectores electorales y policías, diputados y mayordomos, a un compromiso de tal magnitud para violar las leyes que sólo un triunfo del gobierno los protegería en el futuro de la justicia nacional e internacional.

En la foto: Chávez es visto aquí junto al Presidente colombiano Álvaro Uribe Velez en un fuerte estrechón de manos en el Estado Falcón, a quien recibió llamándole "hermano" a sólo días de haberle enviado los tanques a la frontera, no sin antes acusarlo de "lacayo del imperialismo" e insultarlo mediante el uso de una interminable lista de epitetos irrepetibles por el decoro que debemos a nuestros lectores. El descomedido Sr.Chávez debió entonces retractarse públicamente, para asumir una posición de conveniente repliegue táctico. Tal vez el recuerdo de ese célebre episodio, pueda ayudar a resolver el controversial dilema planteado anteriormente por Carlos Blanco (Comentario de Arcangel Vulcano)
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